Rubén Darío

Un intelectual no encontrará en la tarea periodística sino una gimnasia que lo robustece. Rubén Darío
No soy intelectual ni periodista, pero sí creo que el ejercicio de redactar las ideas y ponerle palabras a los sentimientos ayuda a aclarar el pensamiento.
An intellectual will not find in the journalistic work but a gymnastic that strengthens. Ruben Dario
I am not an intellectual nor journalist, but I do believe the work of write down ideas and putting words to the feelings helps to clarify the thoughts.

martes, 14 de diciembre de 2010

Cien años de Gloria

Y bueno... antes de que se acabe el 2010 publicaré lo que quería publicar para el centenario de la Revolución. Texto escrito por Jorge Ibargüengoitia hace algunos añitos... sólo para ver que las cosas no han cambiado mucho.

SESENTA AÑOS DE GLORIA
Si Villa hubiera ganado...

Los cumpleaños tiene dos defectos: son inevitables y acumulativos y además, van deformando la personalidad del que los festeja. En alguna parte leí que el principal problema que existe en los asilos de ancianos es el de la imposibilidad de comprensión, puesto que a los ojos del personal encargado, las internas son unas viejitas desdentadas, que pasan el día tejiendo o mirando televisión, mientras que cada una de ellas, en cambio, se considera a sí misma dentro de una perspectiva temporal mucho más amplia, que incluye el premio de matemáticas que ganó en tercero de secundaria, el baile al que asistió algún personaje ya difunto, el marido enterrado, y el recuerdo de muchas glorias que resultan incomprensibles para los que la atienden.
Lo mismo pasa con las revoluciones. Se hacen viejas y llega un momento en que cuesta mucho trabajo recordar lo que fueron en sus mocedades. A la nuestra, por ejemplo, le pasa lo mismo que a todas las mujeres de sesenta años. Ha adquirido una respetabilidad que nunca hubiera pretendido tener en su juventud. Actualmente, la Revolución Mexicana es un movimiento, en el que participamos una gran mayoría de los mexicanos, encaminando a lograr la justicia social y el bienestar de los mismos.
Cuesta trabajo recordar que nació como un impulso arrollador para arrancar de su pedestal a un figurón monolítico, que sus primeros veinte años son, en realidad, una sucesión no interrumpida de acusaciones de traición y de actos de desconocimiento, que al alcanzar su mayoría de edad pasó por un periodo francamente socialista, y que al llegar a su madurez tuvo necesidad de reconocer la existencia de ciertos problemas fundamentales de supervivencia y que se vio obligaba a claudicar en muchos terrenos.

En la actualidad, las mocedades de la revolución siguen siendo de los episodios más confusos de nuestra historia.
- ¿Zapata era bueno, mamá?- preguntan los niños.
- Sí, era bueno. Luchó contra la opresión del campesino y porque se les entregara la tierra a quienes la trabajan- explica la madre patriótica y revolucionaria.
Esta es la parte fácil. Lo que cuesta más trabajo explicar es cómo, siendo bueno, luchó en contra de Madero, que también era bueno, y de Carranza, que también lo fue; y cómo siendo bueno, murió a consecuencia de una intriga en la que, todo parece indicar, metió las manos don Pablo, otro buenazo, que años antes había combatido al archivillano irredento de la Revolución, Victoriano Huerta. Prueba de la maldad de este último es que ni siquiera le han hecho estatua.
Ahora, la revolución joven se nos presenta como un movimiento popular de los pobres contra los ricos y el ejército. Este no es un concepto nuevo. Era la idea que tenían Zapata y Villa cuando se juntaron antes de entrar en la ciudad de México. Nomás que cuando dijeron, mutatis mutandis:
- Ahora sí ya nos juntamos los pobres para acabar con los ricos...
No estaban pensando sólo en los ricos porfirianos, sino también en los carrancistas.
Lo que pasa es que, en busca de la simplificación, se ha tratado de ver la Revolución como un western, con malos y buenos, triunfadores y vencidos y en donde la virtud se impone al final.

Pero querer ver la Revolución como un western es no entenderla. Es cierto que fue un movimiento popular, pero no todos los revolucionarios eran igual de "pueblo".
En una película que vi, de la época, hecha por un señor de Sinaloa, aparece la entrada de Carranza en la ciudad de México. Va él a caballo, entre un mar de sombreros anchos y calzones blancos. De repente el de a caballo se detiene y el mar se abre, para dejar paso a unos señores de levita pasada y sombrero alto, que vienen a estrechar la mano del triunfador. Estos mismos señores nunca hubieran salido a darle la mano a Zapata o a Villa, porque sabían a qué se hubieran atenido. En el momento de estrechar la mano de los de chistera, Carranza contrajo uno de tantos compromisos, que él creía necesarios, porque consideraba que había llegado el momento, en que, más importante que nada, era pacificar el país.
Se comprometió con todos, menos con los que no estaban dispuestos a comprometerse, que eran Zapata y Villa. A ésos tuvo que aniquilarlos.
Lo que hubiera pasado si Villa hubiera ganado la batalla de Celaya es algo que no podemos ni siquiera imaginar. Claro que no podía ganarla, porque la tenía perdida antes de empezar. No sólo por los errores tácticos que cometió, que fueron garrafales, sino además y principalmente, porque en el país no había elementos técnicos suficientes para sostener un ejército. Eso tenía que venir de fuera, y el gobierno de los Estados Unidos ya había decidido a quién darle los medios para ganar la batalla. No era a Pancho Villa.
Zapata y Villa perdieron la guerra y la vida, pero no completamente la Revolución.

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