Rubén Darío

Un intelectual no encontrará en la tarea periodística sino una gimnasia que lo robustece. Rubén Darío
No soy intelectual ni periodista, pero sí creo que el ejercicio de redactar las ideas y ponerle palabras a los sentimientos ayuda a aclarar el pensamiento.
An intellectual will not find in the journalistic work but a gymnastic that strengthens. Ruben Dario
I am not an intellectual nor journalist, but I do believe the work of write down ideas and putting words to the feelings helps to clarify the thoughts.

martes, 19 de octubre de 2010

El grito

Esto lo quería publicar cuando fue el bicentenario de la Independencia, no lo pude hacer porque no tenía a la mano el texto como para transcribirlo, aparte de no tener tiempo para hacerlo, pero aquí esta... tarde pero está. Enjoy!

Serían las once de la noche, cuando a la muy dudosa claridad que nos rodeaba, percibí en la tropa cierta inquietud, cierta separación de grupos, pero distantes, a la vista de los centinelas que sobresalían derechos e inmóviles como los pilares. Con extraordinaria precaución, embarrándome en las cercas y con menos ruido que el rodar de una pluma por los suelos, penetré hasta la recámara del señor Juárez y le di parte de lo que observaba.
El señor Juárez, vistiéndose y echándose sobre los hombros un capotillo con abetura para los brazos, y segunda capilla muy larga, me dijo -Ve, acércate y dame cuentas de lo que ocurra, sin despertar a nadie.
Me dirigí entonces al más numeroso de los grupos, después de contestar al quién vive, y vi a los soldados rastreando por el suelo con un afán desusado.
- ¿Qué es eso. muchachos, qué buscan?
- Miren -dijo un soldado-, aquí está el Güero -y los soldados me rodearon.
-¡Oiga! -me dijo uno de ellos-, ¿pues qué no sabe ni el día en que vive?
-Pues ¿qué sucede?
-Que esta noche es el grito, señor, ¿qué nada le dice su corazón?
-Cierto, hijo, 15 de septiembre -exclamé avergonzado de mi olvido.
-Noche divina, Güero, la noche del tata Cura; pero ya lo ve; por más que buscamos y rebuscamos, no hallamos ni una hebra de ramitas para una mala luminaria.
-Vamos a buscar -y los soldados renovaron sus diligencias.
-Bravo dolor... eso de dejar de celebrar el grito...
-Si todavía nos acobijamos con la patria.
Tienen razón... Y el sentimiento que animaba a aquellos soldados era tan enérgico y tan tierno que había conmovido a las piedras.
Ya comenzaban a arder con basuras, astillas y palos viejos, unas cuantas luminarias que soplaban algunos soldados en el suelo, enrojeciendo las llamas ojos y carrillos. Yo corrí a ver a Juárez, quien se impresionó profundamente, diciéndome: -Coge todo el dinero que tenemos (ese todo cabía en el bolsillo de su chaleco), y dáselos para que celebren su grito los muchachos. Porque Juárez, que tenía algo de marmóreo en su fisonomía, que era como glacial en los más grandes conflictos, sentía profundamente, se apasionaba en lo más recóndito de sus entrañas, mejor dicho, era pasión sin estrépito, era como el sello de su conciencia y el que lo conocía a fondo podía distinguir algo de rudo y agreste en ciertos momentos, iluminado por suprema bondad.
Autorizado por Juárez corrí a ver a mis hijos, a Negrete y a Manuel G. y a Francisco Yépez; grité, alboroté, y a poco cien luminarias ardían resplandecientes en el patio y los muchachos saltaban sobre las llamas, gritando vivas a la Independencia.
Negrete, con unos cuantos, puso cortinas en nuestros cuartitos y multiplicó las luces; corrió luego y exhumó del fondo de su baúl un sarape lindísimo que tenía la forma y los colores de la bandera nacional, lo enarboló en un morillo, y nuestras familias y nuestros hijos formaron el víctor y el paseo cívico más original y más grandioso que pueda imaginarse. Y he dicho grandioso porque las circunstancias, la fe en la causa y el ejemplo del soldado que ostentaba su culto grandioso de la patria, hacían de aquella solemnidad un acontecimiento sublime y lleno de ternura para nuestros corazones.
Alguien, y no sé de dónde, proporcionó al concurso una tambora gigantesca que atronaba el espacio, y un violín alharaquiento y tumultoso que remendaba el alboroto en su desenfreno y la epilepsia en sus más desordenadas peripecias.
Juárez, por su parte, había reforzado una entelerida mesilla, fingiendo, con inspiración alrevesada de tapicero, una tribuna.
Juárez, entre Iglesias y Lerdo, salieron a la ventana central en medio del frenesí, del contento y las tempestades de vivas y aplausos, acompañadas de la tambora y del violín que hacían trizas todas las armonías imaginables.
Cuando menos lo pensaba, me sentí arrebatado como por un torbellino, levantado en alto y colocado sobre la mesilla a guisa de santo en andas; mientras unos me decían: ¡habla!, otros a mi alrededor gritaban: ¡Silencio!, ¡silencio!, hora va el Güero, va a hablar el tío Guillermo.
Las circunstancias, el lugar, aquellas fisonomías tostadas por el sol, y en que reverberaba la llama sobre el borde negro de un volcán en erupción, aquellas tapias, aquellas mujeres, aquellas montañas cercanas que imponían silencio a la entrada del desierto, todo el conjunto me impresionaba, de modo que dejé hablar a mi alma como si algo extraño me poseyese y yo fuera el espectador y el auditorio de mi persona y mi palabra.
-La patria -decía- es sentirnos dueños de nuestro ciclo y nuestros campos, de nuestras montañas y nuestros lagos, en nuestra asimilación con el aire y con los luceros, ya nuestros; es que la tierra nos duela como carne y que el sol nos alumbre como si trajera en sus rayos nuestros nombres y el nuestros padres; decir patria es decir amor y sentir el beso de nuestros hijos, la luz del alma de la mujer que dice "te amo..."
Y esa madre sufre y nos llama para que la libertemos de la infamia y de los ultrajes de extranjeros y traidores.
La gente se agolpaba a la mesa que flotaba como barca en recia borrasca, salían gemidos roncos de los labios y se enjugaban copiosas lágrimas de los ojos. Los soldados ¡oh! los soldados estaban sublimes, se les veía el orgullo de ser los vengadores de esa patria adorada, en sus exclamaciones vibraba la esperanza, los gritos... presagiaban victoria.
El discurso se interrumpía, era diálogo, era alarido, era la expresión de lo que mi alma sentía y reflejaba, y como lluvia de estrellas creía ver que caían de mis labios las palabras al hablar de Hidalgo y de la Independencia.
No sé cómo concluí, descendí en los brazos de Juárez, de Iglesias y de Lerdo, que me llenó de elogios.
Aturdía la tambora, varios concurrentes dispararon sus armas, el violín se hacía rajas, los chicos daban machincuepas, y el júbilo tenía algo imponente y de sublime en su conjunto, y por nuestra situación que no es fácil que ahora la transmita el recuerdo.
Rendidos de gozar y de sentir, se fueron alejando los concurrentes... Un grupo de soldados se apoderó del violinista, y a guisa de serenata fue al frente de los balcones de Juárez a cantas Los cangrejos, Los monos verdes y La paloma; a esta última canción le pusieron los trovadores bélicos unos versos que cantaban con tal cariño y con la ternura, que no pudimos contener las lágrimas cuando lo escuchamos, y a mí me conmovieron más que ninguno de los poetas que admiro. Decían así:
Si a tu ventana llega un papelito,
ábrelo con cariño, que es de Benito;
mira que te procura felicidá,
mira que lo acompaña la libertá.
Guillermo Prieto

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